TOMO I
PRÓLOGO
Pasan los días, las generaciones se suceden, los recuerdos se van debilitando y, si queremos asomarnos al pasado, tenemos que acudir a las hemerotecas y allí, a través de los periódicos de ayer, abrirnos una ventana para volver a vivir aquellos días que fueron.
Yo he vuelto a los periódicos de hace tres y cuatro décadas y gozado nuevamente con las «vivencias» que un donostiarra escribía semanalmente, en las que glosaba, no los sucesos de cada día, sino las vivencias de cada uno. Aquella sección que firmaba Orola, seudónimo de Fernando Orlando, era una invitación al pensamiento, una especie de diario que al leerlo nos sirve de acompañamiento para que deambulemos por los rincones más olvidados de nuestra mente y nos arroje luz a las tinieblas de nuestro espíritu.
El lector, enfrascado en cada una de estas vivencias, que son glosarios de vivencias de cada lector, siente que la soledad de su pensamiento está arropada por otros pensamientos y consideraciones que vuelven del olvido al hoy de cada uno.
El autor, en pocas líneas, se adentra en temas de siempre, algunos que tenemos cada día ante nosotros , en nuestra mente o nuestra conciencia, y otros que están arrumbados en el olvido y que él nos los acerca a nosotros. Van desde la angustia al encanto, desde la lealtad a la dignidad, desde la esperanza a la soledad. Temas que nos hacen pensar y que siguiendo su prosa sencilla y clara, nos muestran tal vez caminos que nunca habíamos recorrido.
Durante bastantes años, tal vez veinte, acaso más, Fernando Orlando abría una ventana en el periódico cada domingo y en pocas líneas, medidas, ajustadas al tema, nos invitaba a pensar unos minutos, alejándonos de la vida prosaica que nos rodeaba y elevándonos por encima de los problemas de cada día.
Hasta que dejó de escribir, de publicar en el periódico su sección semanal. Ignoro las razones. Ahora, tras leer sus vivencias, pienso de que debería de coger la pluma y regalarnos cada semana sus vivencias, sus glosas, que a mí me recuerdan algo a la prosa d’orsiana. Ojalá lo hiciera y, a sus lectores de ayer, se unirían nuevos lectores que disfrutarían con su prosa y con ella andarían con el pensamiento caminos bien diferentes a los cotidianos.
Yo he disfrutado volviendo a leerle en este primer tomo y creo y espero que serán muchos los que de su mano se adentrarán en mundos que están junto a nosotros y nos parecen lejanos.
Tras leer estas vivencias, la nostalgia domina mi pluma. He pasado unas horas pobladas de sentimientos surgidos de la mano de Orola, que con su prosa me ha adentrado a un mundo de mi ser adormilado, con el día a día que camino sin descanso.
Juan María Peña Ibáñez (director de El Diario Vasco de 1952 a 1979)

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