TOMO II
PRÓLOGO
A través de mis vivencias busco la esencia de la palabra.
Hace veinte años escribí sobre palabras cuyos ecos aún resuenan, claros, en mis oídos.
La torre de Babel, desde niño, me impresionó inexplicablemente. Su persistencia cíclica, sobre todo, entre nosotros los vascos, me sigue impresionando. Por eso intento buscar un lenguaje común.
No me basta el lenguaje de los políticos, de los religiosos, de los militares, de los creadores de opinión. La letra está agotada, las constituciones también. Lo que queda es la palabra hecha carne, o sea, el verbo.
Ni la demografía ni la economía ni la información consienten otra cosa que no sea el proceso integrador del género humano.
El lenguaje común lo encontrarán los hombres justos en el clamor de una humanidad que pide un orden universal, todos libres, todos responsables.
No podemos poner puertas al campo ni cadenas a la libertad. El lenguaje común está ahí, por encima de nuestras cabezas, como el oxígeno que respiramos, como las ondas que captamos.
Captar y crear el lenguaje común es la tarea noble que nos incumbe a todos. Lenguaje común, sin ética, es pura barbarie. Ética basada en el derecho natural, igual para todos. Las religiones, los sistemas filosóficos, las constituciones políticas, todas pretenden dar una fórmula global. Lo que falla en estas fórmulas globales es su lenguaje común porque es prescriptivo y excluyente.
El lenguaje común es el que hablan las olas en el mar, las aves en los cielos, el calor en los desiertos, el frío en los glaciares y los hombres en sus multitudes y en sus soledades.
Habrá lenguaje común si hay diálogo y diálogo si hay libertad.
Hoy, la herencia cristiana, la información globalizada y el libre mercado están dando origen a un lenguaje común, propio de una sociedad humanista y consumista.
La fórmula global será humanista si el lenguaje común logra que el significado ético de las palabras sea igual para todos.
Busquemos la fórmula global, que no es solo lenguaje común, sino algo más, que es patrimonio de todos los humanos que une, que transciende y que hace posible la convivencia, el progreso.
Fórmula global, círculos concéntricos, de una actuación tempestiva, en el espacio y en el tiempo, orientada a la solución de un problema humano.
Fórmula global que debe pasar por la unión de todas las razas y pueblos en un futuro fecundo mestizaje de sangre y cultura.
Estamos cerca y también lejos.
El individuo y la masa.
La pasión lo ciega todo.
Entramos en un nuevo milenio.
Algo tiene que pasar.
Lo tenemos que intentar.
Fernando Orlando (presidente y editor)

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