II CONCURSO
PREMIO OROLA DE VIVENCIAS
2008
Jesús Andrés Pico Rebollo, de Sabadell (Barcelona)
Ganador de la segunda edición del Premio Orola por su vivencia «Infancia».
Una vivencia llena de añoranza, melancolía y ternura con trazos sobrios, enérgicos, sugerentes y poéticos, al más puro y clásico estilo castellano.
En pocas líneas describe un retablo nostálgico de una infancia en la que se conjugan en perfecta armonía la reflexión vital y un cierto velo de gracia y misterio que deja entrever la problemática del desarraigo.
INFANCIA
Yo tuve una infancia pequeña.
Yo tuve una infancia de nidos. Bajo los aleros, en troncos secos, en las ramas altas.
Yo tuve una infancia de pinos sangrando resina.
De álamos con viento, chopos en hilera, montaraces encinas. Y cipreses.
Yo tuve una infancia de agua. El Duero, el canal, el arroyo,
las fuentes, los pozos, la presa, el molino…
Yo tuve una infancia de barro y de hielo.
En las noches de invierno se helaban los charcos
y el agua en los baldes, se helaba el arroyo…
Yo tuve una infancia de juegos sin juguetes, muchos sueños y algún libro viejo.
Yo tuve una infancia de escuela de niños. De rezos, de cánticos.
Yo tuve una infancia de domingos y fechas señaladas.
Una infancia de ruinas, un pasado que todos callaban
y un futuro lejano como los yesos que brillaban al sol en los páramos.
Una infancia pequeña y castellana.
Un día abandoné el pueblo y dejé en él, olvidada, mi historia.
Kadrinka Kadrinova, de Sofia (Bulgaria)
Ganadora del segundo premio por su vivencia «Nada que ver». Es una vivencia moderna, llena de ritmo, con una auténtica crítica social, que emana de una reflexión vital de primer orden. Nos relata la vida de una familia a lo largo de las veinticuatro horas del día en un barrio de una ciudad y de una sociedad totalmente globalizada.
NADA QUE VER
Cada mañana ella se levanta y despierta a las chicas.
Él sale con el perro.
Las niñas bostezan, se pelean por el baño,
desayunan, se les hace tarde, por fin salen.
Él regresa con el perro. Se afeita.
Todavía hay tiempo para el sexo a la carrera. Antes del café.
Ella sabe cuándo y cómo ha de lanzar el gemido.
Lo importante es que él termine más rápido,
mientras ella repasa las tareas del día.
Salen juntos en el auto. Él la deja frente a la oficina y sigue.
Después del trabajo no la recogerá: tendrá una reunión larga.
Lo mismo ella, por el nuevo proyecto.
Ambos saben que él estará con otra y ella con otro.
Pero cuando vuelvan para revisar las tareas de las hijas
y darse el beso de buenas noches, se sentirán a gusto.
No como la emigrante de caderas azules por el frío,
esperando a clientes en la esquina.
¡Cuándo por fin echarán a esas putas!
Manuel Terrín Benavides, de Albacete
Ganador del tercer premio por su vivencia «La señorita». Este texto es una reflexión vital, describe una sociedad estructurada de acuerdo con los valores tradicionales y con un sabor olvidado, que se nos hace nuevo, de literatura oral, popular, rica y expresiva.
LA SEÑORITA
La señorita era bajita, con el vientre abultado, sin cintura apenas,
prominente el tozuelo, fondona la barbilla.
Calzaba botas de media caña,
cubriendo unas piernas gruesas, algo zambas, anadeando al caminar.
Sin embargo, todos en el cortijo la queríamos.
La señorita nalgueaba sin aviso de un lado para otro,
sin aviso se iba al corralón o traveseaba fuera, por el camino grande.
Así también le vino la muerte, sin aviso.
Se había metido en la cama temprano, desganada, con fiebre,
y cuando cantaron los gallos ya tenía la sonrisa helada.
Mi madre dijo que, dentro de lo malo, se había ido sin darse cuenta.
La señora, llorando, la contradijo:
—No creáis, no. La señorita, a su modo, algo sabía.